Pero toda asombrosidad, a veces, implica sentimientos encontrados.
¿Saben cuántas personas cercanas se están yendo del país a estudiar o trabajar o generar una contribución significativa a algún área?
¿Cuántos de mis humanos queridos aportan - y con toda razón - a la fuga de cerebros y lo hacen de manera magistral?
(No, por supuesto que no lo saben ni lo tendrían que saber; lo resumiré en que varios.)
Se trata de situaciones por demás agridulces: sentirme orgullosa y sentirme nostálgica; saber que es una excelente decisión para su futuro y pensar que qué mensa fui por no pasar más tiempo a su lado; maldecir las distancias y agradecer que existen las redes sociales. Y entre tanta cosa (como si no fuera suficiente), a veces se cuela el gusano de la comparación; el resultado de su metamorfosis es la polilla del fracaso.
HORA DE UN DOCUMENTAL
El gusano de la comparación se alimenta de los éxitos de la gente que quiero y elabora su capullo con frases como:
"______ sí está haciendo algo de provecho y yo mientras veo puros videos de gatitos"
"Tal vez debería haber estudiado esta carrera, como ________, y ahora estaría trabajando en algo realmente útil"
"¡Miren cómo ______ trabaja tan arduamente! Sí va a llegar lejísimos, no como yo"
"Debería haberme quedado en investigación, como __________, que ya obtuvo su beca"
"Todas estas personas que quiero sí son brillantes (no como yo), y por eso están estudiando en el extranjero"
Y así la lista se va alargando hasta que el gusano queda en el capullo. (El capullo, en general, es una mezcla de esas frases y de lo pésima persona que soy por pensar en lo que yo hago o no, en lugar de sentirme orgullosa y feliz por los [bien merecidos] triunfos de dichas personas y ya.)
La tanda más reciente de capullos fue construida en un contexto muy específico: hace tres o cuatro meses (¿o ya pasó más?) decidí que quería quedarme a hacer el posgrado en México. En la misma universidad donde hice la licenciatura. Teniendo tres cartas de aceptación de excelentes instituciones de educación superior en el extranjero.
ARE.
YOU.
FUCKING.
KIDDING?
No, no es broma. Y no, no fue una decisión sencilla.
Así pues, con todo y mi elección, emergió una polilla del fracaso. Es bastante más pequeña que las polillas que suelo tener y también es medio mala para volar, pero cuando lo hace, deja una estela con las siguientes ideas:
"Elegí quedarme en este país y debería avergonzarme"
"¿Con qué cara le explico a la gente que decidí estudiar en México en lugar de irme?"
"Quedarme en México es un fracaso. Soy una fracasada por estudiar en esta nación voluntariamente"
"El único indicador de éxito para estudiantes y profesionistas sobresalientes es estudiar o trabajar en el extranjero"
"México es cuna de personas fracasadas y mediocres"
"Si tanto me gusta la elección que hice, ¿por qué no lo he hecho público? ¿Por qué le dije a tan poquitas personas? Si estoy bien, ¿por qué oculto algo que, de todas maneras, se sabrá tarde o temprano?"
Cada vez que la polilla vuela, surgen tales pensamientos irracionales. Y cada vez que me hacen sentir miserable, recuerdo que los pensamientos irracionales son muros a derribar. Por primera vez en la vida, descubrí lo mágico que es deconstruir este tipo de paredes, así que le pregunté algunas cosas a la polilla:
¿De dónde sacaste ese discurso de que estudiar en México = fracaso?
¿Qué hemos hecho juntas para que yo me sienta menos fracasada ante los ojos de las demás personas?
Después de pensar en esos intentos para disminuir mi sensación de fracaso (principalmente, un respetuoso silencio en redes sociales y contarle mi decisión a un pequeño grupo), lo único que pude hacer fue reírme. ¿A qué hora decidí que era más relevante lo que las personas pensaran de mis planes académicos que lo que yo valoro al quedarme? ¿Qué me asusta de Facebook que puede más que los planes que quiero para mi persona?
Yo quería irme un año y regresar a México luego luego. Es más, yo tenía mis dudas con la idea de especializarme demasiado y, desde antes, estaba contemplando la idea de estudiar algo más general, pero que siguiera las mismas líneas de trabajo que quiero. Si la idea siempre ha sido regresar a México y trabajar en México (o, mínimo, aprender sobre muy diversos temas), ¿es tan absurdo decidir estudiar y hacer mi internado en México? ¿Cómo así?
Estas y otras preguntas me las he hecho cada vez que vuela la polilla. He descubierto dos cosas a partir de estos cuestionamientos: que las polillas mueren al preguntar este tipo de cosas, y que la metamorfosis es cada vez más rápida.
Podríamos pensar: "¿Y no sería más fácil que empezaras a preguntarle cosas a los gusanos?". Pos claro que sí; el asunto es que no siempre resulta sencillo matar tanto bicho (y, la verdad, los gusanos me causan una ternura que las polillas no). Por ahora, me conformo con ver cómo estos animales cada vez tienen una estadía en mi más corta. Claro, esto ayuda a que me sienta cada vez más segura de lo que he decidido; más allá de eso, me recuerdan la maravilla que es tener a tanta gente tan brillante y capaz cerca. No sé si rodeándome de tanto sabio algo en mi se quedará, pero me siento tan orgullosa de estas personas y me motivan tanto a seguir caminando todos juntos que, la verdad, ¿a quién le importa un pinche gusanito?