sábado, 23 de septiembre de 2017

Cerati, ya despierta

"Pinche semana, qué bueno que ya va a acabar" fue lo que pensé la noche del sábado 9 de septiembre, después de que la ciudad se había convertido en parque acuático, de que el Ángel se movía peligrosamente, de que la devastación irrumpió en Oaxaca y Chiapas y de un temblor leve cuyo epicentro fue Tlalpan (¡¿khé?!). Ese temblor tan intenso del jueves 7, el de puro meneo de caderas que dejó a su paso una lluvia de momazos en el centro del país y un dolor profundo y contundente en el sur, parecía el tan esperado sismo que debía ocurrir 30 años después del terremoto de 1985. ¡Qué bueno que estamos bien! Celebremos por estar vivos; mandemos acopio y brigadas a Oaxaca.

Quienes llevamos poco tiempo en el planeta, solo tenemos los recuerdos de hace 32 años a partir de las historias que nos cuentan padres, maestros, mentores, familiares. Ellos lo narran con respeto a lo desconocido y temor a la repetición, pero no es como que se genere el aprendizaje más significativo. Tal vez es por eso que no todos conocemos qué es una mochila de seguridad o qué zonas son seguras dentro y fuera de nuestros hogares; tal vez por eso simulacro era sinónimo de chismear con amigos de otros salones cuando yo iba en secundaria; tal vez por eso el simulacro del martes 19 de septiembre parecía otro evento tedioso más.

Y luego, dos horas después, colapsó la ciudad. Se tronaron vidrios, se abrieron grietas enormes, se derrumbaron edificios, se cayeron puentes, se levantaron nubes de polvo; se fue la señal telefónica y todos agradecimos que, por alguna extraña razón, WhatsApp sirviera. Empezaron a llegar videos del Tec CCM (¿pero cómo? ¡Si está en el sur! El sur es una fuerza mística impenetrable donde no se siente un carajo porque hay roca volcánica y porque, bueno, no es la Roma o la Condesa o el Centro o la Juárez), de la vista gris y humeante desde la Torre Mayor; del mar embravecido que se hace llamar lago de Xochimilco; de los edificios desplomados y los incendios. Si no llegaron al celular el olor a gas o la sensación de miedo y devastadora impotencia es porque los smartphones no llegan a tal grado de sofisticación.

Desde el martes, todos mis días han sido martes. No importa cuántas veces vea el calendario ni que ayude a agendar citas; para mi, cada día es martes. Un martes tembló y caminé de poniente a sur, con los rescates de 10 minutos en taxi. Un martes ayudé a separar medicinas y fui testigo de las muestras de profunda solidaridad de la gente dentro y fuera de México; fue el mismo martes que vi una fuga de gas, un pequeño incendio y un edificio acordonado cerca de mi prepa. Otro martes corrí (sí, literalmente corrí) a ayudar a cargar un trailer mientras llovía. Otro martes nos despertó la maldita alerta y volví a enojarme con la vida porque no es justo que esto le pase a Oaxaca. Hubo un martes de planear proyectos a mediano y a largo plazo, pero no recuerdo si fue ese u otro martes cuando me inscribí a 25 grupos de WhatsApp para saber qué y dónde se necesitaba. Lo único que sé es que cada martes le pregunto a la gente que quiero qué hizo, cómo se encuentra, a qué hora pretende dormir (o, por lo menos, les digo alguna bobada). 

No sé cuándo se reestablezca la brecha temporal (supongo que cuando 1 minuto sea menos que 5 otra vez), lo que sí sé es que cada martes veo gente que usa su miedo para ayudar a otros; cada martes hay personas que son honestas y dicen: "No puedo más, hoy no, hoy me cuido profundamente a mi"; cada martes hay discusiones sobre qué, cuándo, cómo, dónde y por qué se debe ayudar; cada martes siento impotencia porque quisiera tener brazos enormes para abrazar a México y decirle que las cosas están culeras ahorita, pero que espero que un día vuelva a salir el sol para todos. Cada martes escucho Latinoamérica y lloro un poco porque sí, aquí se respira lucha: la de una sociedad civil que se organiza y que no duda que el mejor golpe que le podemos dar a nuestra clase política es trabajar por ayudar a otras personas. Cada martes espero que sea un mejor martes, y cada martes recuerdo que es necesario reír, porque aquí no hay lugar para intensas culpas de sobreviviente. Cada martes recuerdo que querer reír y tener culpa de sobreviviente (y sentir rabia y tristeza y confusión y temor y tantas otras cosas) es normal y no tengo por qué huirle a esa maraña. Cada martes pienso en esos amigos que admiro tanto, porque así recuerdo la importancia del trabajo constante y congruente, y agradezco que estén en mi vida.

Cada martes son reacciones esperadas a situaciones inesperadas. 

Cada martes es una danza entre la oscuridad y las luces que en ella emergen.

No hay comentarios:

Publicar un comentario